Cuando caminamos por una montaña, atravesamos un bosque o seguimos un sendero entre matorrales, no siempre somos conscientes de la cantidad de vida que nos rodea. A veces basta con descubrir unas huellas en el barro, encontrar unas marcas en la corteza de un árbol o escuchar un ruido entre la vegetación para intuir que algún animal ha pasado por allí.
Entre los grandes protagonistas de estos paisajes se encuentran los ungulados silvestres, mamíferos que desempeñan un papel fundamental en los ecosistemas ibéricos. Ciervos, cabras monteses, rebecos, corzos, gamos y jabalíes forman parte de la fauna que podemos encontrar en nuestros montes, desde las altas cumbres pirenaicas hasta los bosques mediterráneos.
Conocerlos nos permite interpretar mejor el paisaje y disfrutar de la montaña con una mirada más atenta.
Pero, ¿Qué son los ungulados?
Los ungulados son mamíferos cuyas extremidades están adaptadas para apoyarse sobre pezuñas. Esta característica les permite desplazarse por terrenos muy diversos, desde praderas y bosques hasta pedregales, barrancos y laderas rocosas.
En la península ibérica encontramos varias especies de ungulados silvestres. Aunque comparten algunos rasgos, presentan diferencias importantes en tamaño, alimentación, comportamiento y preferencias de hábitat. La mayoría son herbívoros y contribuyen a la dinámica de la vegetación, al transporte de nutrientes y a las cadenas tróficas.
Podemos dividir principalmente entre dos grandes grupos de ungulados: los cérvidos y los cápridos. Es decir, la familia de los ciervos -ciervo, gamo, rebeco, muflón- que como característica principal renuevan la cornamenta cada año- y la familia de la cabras -cabra montesa, rebeco- con cuernos perennes. Y otros ungulados comunes como son los jabalís que distintamente pertenecen a la familia de los suidos o más comúnmente conocidos como los cerdos.
1. La cabra montesa: la reina de los roquedos
La cabra montesa ("Capra pyrenaica"), también conocida como cabra ibérica o íbice ibérico, es uno de los animales más emblemáticos de las montañas ibéricas. De la familia de las cabras. Precisar que en el Pirineo actualmente es fruto de reintroducción en recuperación de la especie tras la extinción del autóctono bucardo ("capra pirenayca pirenayca").
Su capacidad para desplazarse por terrenos escarpados le permite aprovechar paredes rocosas, cortados y laderas donde otros mamíferos encuentran mayores dificultades.
Los machos adultos destacan por sus grandes cuernos curvados hacia atrás, mientras que las hembras presentan cuernos más pequeños. Su pelaje varía con las estaciones y la edad.
Podemos encontrar poblaciones de cabra montés en diferentes sistemas montañosos, especialmente en áreas del Sistema Central, el Sistema Ibérico y las cordilleras Béticas. Fáciles de encontrar en algunos macizos como el de Montserrat o Sierra Nevada.
Para su observación en la montaña, busca un lugar discreto y con la mirada en zonas o repisas rocosas, laderas soleadas y zonas de difícil acceso. Con unos prismáticos y algo de paciencia, es posible descubrir fácilmente grupos descansando o alimentándose entre las rocas.
2. El rebeco: especialista de la alta montaña
El rebeco es el nombre común de los "Rupicapra" -también conocido como sarrio o isard- presentes en la península: el rebeco pirenaico ("Rupicapra pyrenaica") y el rebeco cantábrico ("Rupicapra pyrenaica parva"), tradicionalmente tratado como subespecie. De la familia de las cabras.
Es un animal ágil y discreto, perfectamente adaptado a los paisajes de montaña. Su silueta es esbelta, tiene un pelaje que cambia de tonalidad a lo largo del año y luce unos pequeños cuernos oscuros, finos y curvados en la punta.
Habita en los Pirineos y la cordillera Cantábrica, donde se mueve entre pastos de altura, laderas pedregosas, bosques y zonas de transición entre estos ambientes.
Para observarlo en su hábitat presta atención a las laderas abiertas y a los pastizales de altura, especialmente durante las primeras y últimas horas del día. Su excelente adaptación al terreno puede hacer que pase desapercibido incluso cuando se encuentra relativamente cerca.
3. El ciervo: el gran señor del bosque
El ciervo rojo ("Cervus elaphus") es uno de los mayores herbívoros silvestres de la península ibérica. Su tamaño, su porte y la espectacular cornamenta de los machos lo convierten en una de las especies más reconocibles de nuestros bosques. El rey de los cérvidos de nuestro territorio.
Vive en una gran variedad de ambientes, desde bosques atlánticos y mediterráneos hasta dehesas y áreas de montaña con vegetación abundante.
Uno de los momentos más interesantes para conocer su comportamiento es la berrea, el periodo reproductor en el que los machos emiten potentes bramidos para atraer a las hembras y competir con otros machos. En buena parte de España tiene lugar durante el otoño, aunque las fechas dependen de la región y de las condiciones ambientales.
Su observación es posible aunque más inusual que los anteriores. Son más fáciles de detectar durante la berrea, donde se escuchan con facilidad desde puntos autorizados y siempre desde una distancia prudente. No te acerques a los machos ni interfieras en sus desplazamientos.
4. El corzo: discreción entre árboles y claros
El corzo ("Capreolus capreolus"), también conocido como cabirol, es el cérvido más pequeño de la península ibérica. De cuerpo compacto, patas finas y movimientos rápidos, destaca por su discreción y por la facilidad con la que desaparece entre la vegetación.
Ocupa bosques caducifolios, pinares, mosaicos agrícolas y zonas de matorral. También puede aparecer en paisajes de montaña donde encuentra alimento y refugio.
Los machos tienen una pequeña cornamenta que renuevan cada año. Suelen observarse en solitario o en pequeños grupos, aunque el comportamiento cambia según la época.
Para observarlo: camina despacio, evita los movimientos bruscos y examina los límites entre el bosque y los claros. El amanecer y el atardecer suelen ofrecer buenas oportunidades para detectar su presencia. Es fácil cruzarse con algún ejemplar en carreteras y caminos a primer y última hora del día.
5. El gamo: las palas del bosque mediterráneo
El gamo ("Dama dama"), también conocido como daina, es fácilmente reconocible por su pelaje, que suele presentar manchas claras durante buena parte del año, y por la cornamenta palmeada de los machos adultos. Cérvido.
Aunque su distribución actual en la península es resultado en gran medida de introducciones y reintroducciones, mantiene poblaciones en distintos espacios naturales y fincas de la península ibérica.
Prefiere paisajes con bosques, claros y praderas, donde puede alimentarse y encontrar refugio.
Y para observarlos hay que tener en cuenta que busca zonas abiertas próximas a masas forestales. En época reproductora, los machos también muestran comportamientos territoriales y vocalizaciones características.
6. El jabalí: un auténtico superviviente
El jabalí ("Sus scrofa") es uno de los mamíferos más adaptables de la fauna ibérica. Se encuentra en bosques, matorrales, dehesas, zonas agrícolas y áreas próximas a poblaciones humanas. De la familia de los cerdos.
Su cuerpo robusto, el hocico alargado y el pelaje oscuro lo hacen inconfundible. Es omnívoro y aprovecha una gran variedad de recursos: frutos, raíces, bulbos, invertebrados y pequeños animales, entre otros. De dieta amplia, adaptativa y muy variada.
A menudo es más fácil encontrar sus rastros que observar un ejemplar. Las hozaduras en el suelo, las huellas y los revolcaderos son señales habituales de su actividad.
Cómo observarlo: presta atención a los caminos embarrados, las zonas removidas y los pasos entre la vegetación. Si encuentras una hembra con crías, aléjate sin intentar aproximarte.
Otros ungulados que también forman parte de la fauna ibérica
Además de las especies anteriores, existen poblaciones de muflón ("Ovis aries musimon"), originario de otras regiones y presente en la península a raíz de introducciones, así como de arruí ("Ammotragus lervia"), especie norteafricana introducida que cuenta con poblaciones en determinadas áreas, especialmente del sureste peninsular.
Su presencia y distribución varían según la región, y su situación ecológica y de gestión es diferente a la de las especies autóctonas.
Cómo reconocer sus rastros durante una excursión
No hace falta observar directamente a un animal para descubrir que ha estado allí. Aprender a interpretar sus rastros añade una dimensión nueva a cualquier salida al monte.
Huellas: las pezuñas dejan marcas características en barro, nieve o terrenos blandos. El tamaño, la forma y la separación de las pisadas ayudan a identificar al posible autor, aunque no siempre permiten determinar la especie con seguridad.
Excrementos: su forma y tamaño pueden aportar pistas, pero conviene interpretarlos junto con otras señales.
Hozaduras: el jabalí remueve el suelo en busca de alimento y puede dejar superficies extensas de tierra levantada.
Marcas en la vegetación: algunos ungulados ramonean brotes y hojas, o frotan sus cuernos contra árboles y arbustos.
Sendas y pasos: el uso repetido de un mismo itinerario puede crear pequeños caminos entre la vegetación.
Consejos para observar ungulados de forma responsable
La clave está en observar el conjunto de indicios y tener en cuenta el hábitat, la época del año y las especies presentes en la zona.
La observación de fauna es una de las experiencias más enriquecedoras que ofrece la montaña, pero debemos recordar que somos visitantes en su entorno.
Mantén la distancia. Utiliza prismáticos o teleobjetivos para observar sin acercarte demasiado.
Evita perseguir a los animales. Si levantan la cabeza repetidamente, se muestran inquietos o huyen, probablemente estás demasiado cerca.
Reduce el ruido. Caminar con calma y hablar en voz baja aumenta las posibilidades de observar fauna sin molestarla.
Respeta los periodos sensibles. La reproducción, los partos y la crianza requieren especial tranquilidad.
No alimentes a los animales. La comida humana puede alterar su comportamiento y favorecer conflictos.
Sigue los senderos y las indicaciones del espacio natural. Respeta los cierres temporales y las restricciones de acceso.
No compartas ubicaciones sensibles sin criterio. Evita divulgar localizaciones que puedan facilitar molestias o presión sobre poblaciones vulnerables.
La montaña es mucho más que cumbres y senderos.
Los ungulados silvestres son una parte esencial del patrimonio natural de la península ibérica. Cada especie ocupa su propio espacio, aprovecha distintos recursos y se relaciona con el entorno de una manera particular. La próxima vez que salgas al monte, además de disfrutar de las vistas y del recorrido, dedica unos minutos a mirar las laderas, escuchar el bosque y buscar señales en el suelo. Quizá no consigas ver ningún animal, pero descubrirás que el paisaje está lleno de historias.
Porque conocer la montaña también significa aprender a reconocer a quienes la habitan.
¿Y tú? ¿Has tenido la suerte de observar cabras monteses, rebecos, ciervos o corzos durante alguna ruta? Cuéntanos tu experiencia y comparte qué especie te gustaría encontrar en tu próxima excursión.


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